
Por Aldo Pancorvo.
Prefiero perderlo todo, pero a mi modo.
A. C.
Hablar de Andrés Calamaro no sólo es hablar de su música, de la época en la que permaneció bajo las luces de los reflectores, frente a un público entregado, ovacionándolo. Desde los inclasificables Abuelos de la Nada (de la mano de Miguel “Abuelo”, poeta fértil de verdad), pasando por los fabulosos cinco, Los Rodríguez, hasta la edición de su disco como solista, el “Alta Suciedad”, que lo catapultó como un verdadero rock star; el artista había hecho una carrera, pero no una obra.
A partir del desamorado y necesario disco “Honestidad Brutal”, el experimental e incomprendido “El Salmón”, y el primer álbum que se podía bajar gratis por Internet, el inédito más famoso entre los inéditos, el “Deep Camboya”, hablar del Comandante Porrito es hablar del rock n’ roll más allá de la música y la literatura. Calamaro, así como lo hicieron en su momento Ubú, los patafísicos, dadaístas, surrealistas, los beats, y algunos jazzistas y músicos de los sesentas, creó una nueva raza de artistas que no pueden desligar su vida de su obra. Es decir, el arte como resultado de la mezcla de honestidad, intensidad, locura –en el límite con la genialidad- y, sobre todo, muchos cojones para aceptar la posibilidad de regresar y encontrar el escenario- personal- roto y en penumbras, escupiendo canciones cargadas de futuro, por encima de ganar o perder más o menos amigos, más o menos dinero.
Como olvidar mis mañanas psicotrópicas escuchando “El Salmón”, las tardes de paz y veneno que pasaba junto a su homónimo femenino, y las noches-madrugadas escribiendo y devorando el recuerdo de alguna princesa vampira en galletitas con forma de Flaca o de Paloma. Acostarme con esos días de violencia creativa y renuncia constante, me ayudó parir a mi primer hijo, “Un Duro Despertar”, una novela que va más allá de sus 150 páginas, con la cual intenté rescatar el espíritu salmoniano, el de ir en contra de la corriente “aunque no haya ningún río”, como hago referencia en la última página.
Años después, Andrés confesó que “ir contra la corriente nunca uno se siente ganador”. Sin embargo, agregó que “para el Salmón, cumpliendo la responsabilidad del rock que es no mentir, lo importante es decir la verdad” y, a la vez, “suponer que el río está equivocado y va en dirección contraria a uno”; lo cual me hizo recordar una perfecta definición de la vanguardia edwoodniana: “nadie puede proponerse como vanguardista a sí mismo porque todo verdadero vanguardista actúa y acciona pensando que lo suyo es lo normal”.
Después de sobrevivir a Camboya Profundo, y a casi todas las sustancias que terminan en “ina”, Calamaro emprendió lo que sería su viaje de vuelta de los paraísos perdidos. Su regreso a los escenarios y a las giras después de seis años, tras la publicación del virtuoso disco “El Cantante”, el desintoxicado “Palacio de las Flores” y el tanguero “Tinta Roja”, mostró al artista en proceso de recuperación whit a little help from my friends- la Bersuit Vergarabat, Los Intoxicados, Juanjo, de los Ratones Paranoicos y muchos más, empujaron, literalmente, a Andrés a cantar en público-, y evidenció en él algo que era protagonista en su arte porque estaba ausente: el amor. El Socio de la Soledad se había enamorado, y nada menos que de una actriz.
Con su última producción, el estético y barrial “La Lengua Popular”, el chico de familia conspiró contra su propio mito, el de “poeta maldito”, el del artista que emplea el método de sufrir para crear canciones que confiesan todo. Su herejía contra las musas, incluso, lo llevó a declarar que “no es necesario prenderse fuego o inmolarse para escribir grandes canciones”; algo que corroboró con “Carnaval de Brasil”, una verdadera joya musical. Desde un rincón del mundo…porque siempre hay un regreso, porque en nuestra vida real siempre fuimos decadentes y porque sentimos que la libertad es una forma de practicar la verdad salvaje, aún…brindo contigo, Salmón ¡Salud, Maestro!