10/3/08

El Avaro

Sé que cuando voy por la calle y un conversador se
inclina al oído de otro y disimuladamente me señala,
está diciendo que soy el avaro. Sé que cuando llega un
traficante de telas o mujeres o vinos y pregunta por
los hombres de fortuna, me nombran pero añaden: "no
comprará nada, es avaro".



Es verdad que amo mis monedas de oro. Me atraen de

ellas su peso, su color -hecho de vivaces y oscuros
amarillos-, su redondez perfecta. Las junto en
montones y torres, las golpeo contra la mesa para que
reboten, me gusta mirarlas guardadas en mis arcas,
ocultas del tiempo.



Pero mi amor no es sólo a su segura belleza. Tantas

monedas, digo, me darán un buey, tantas un caballo,
tierras, una casa mayor que la que habito. Con uno de
mis cofres de objetos preciosos puedo comprar lo que
muchos hombres creen: la felicidad. Este poder es lo
que me agrada sobre todo y el poder se destruye cuando
se emplea. Es como en el amor: tiene más dominio sobre
la mujer el que no va con ella; es mejor amante el
solitario.



Voy hasta mi ventana a mirar, perfiladas en el

atardecer, las viñas de mi vecino; la época las
inclina hacia la tierra cargadas de racimos
apetecibles. Y es lo mejor desearlos desde acá, no ir
y hastiarse de su dulce sabor, de su jugo.


(De El avaro y otros relatos) Luis Loayza.

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